Vivo en un lugar donde se critica que España no acepte la pluralidad de las naciones que contiene (sic), pero que si tu llevas una bandera española un día de partido de la Selección nacional tienes que tragar con gritos de ¡Visca Cataluña! (¡Visca!); donde un toro es sinónimo de fascista y, sin embargo, un burro sea el no va más de la modernidad; donde si llevas una insignia política de Ciutadans, por poner un ejemplo, el que menos se te quede mirando desafiantemente y el que más te insulte, directamente. Un lugar donde decir negro es un insulto, España un tabú, nación algo sólo aceptable para lo que legalmente no lo es (negándoselo a lo que oficialmente sí lo es); donde se critica la corrupción, pero donde no pagar impuestos no sólo es una opción, sino una obligación. Un sitio donde al empollón se le martiriza, para luego imitarle en sus formas (no en su sapiencia) a la hora de opinar sobre todo y toda; donde a las minorías no sólo se las debe respetar, sino que se las alienta para que se impongan a la mayoría; donde se pregona el individualismo y el hedonismo y, sin embargo, al disidente se le fustiga. Un lugar en el que, afortunadamente, voy a dejar de vivir muy pronto.