Acaban de desmantelar una banda de terroristas islamistas que planeaba atentar en el metro de Barcelona.

No lo digo yo, ni un diario, lo ha dicho un juez (Ojo; algo de credibilidad tiene), y sin embargo, ya tenemos a los cuatro personajes de turno diciendo que si los pakistaníes son buena gente, que si el Estado español oprime...

A ver, los pakistaníes en conjunto no constituyen un grupo destacable del resto. Ni ellos, ni los chinos, ni los guatemaltecos, ni los españoles. No a efectos terroristas. No existe un pueblo terrorista innato. Pero claro, los pakistaníes caen bien, porque trabajan mucho, suelen ser más simpáticos (los de las tiendas) que otros inmigrantes más cerrados, como los chinos o los marroquíes.

Esta moda de catalogar a todo el mundo como bueno viene de un antirracismo falso y demagógico que practican algunas gentes, y es especialmente habitual entre los miembros de comunidades muy dadas al pensamiento tribal (religiosos, nacionalistas, pseudonihilistas), adalides del contrapensamiento y predicadores del "buenrollismo" entre "civilizaciones".

Pues no. Decir que los pakistaníes son buena gente tiene el mismo valor legal que tachar a los costaricenses de gentuza. En lo referente a la violación de las leyes, no hay nacionalidades mejores o peores. Por supuesto que ciertas actividades delictivas acostumbran a ser cometidas por determinadas nacionalidades, pero eso no convierte a los de dicho país en criminales o gentes de buen vivir sólo por el mero hecho de haber nacido allí.

A veces parece que, quizás para autoconvencerse de cierta superioridad moral sobre los reaccionarios, hay gentes que a toda minoría la vitorean sólo por el hecho de ser minoría. Este pensamiento no deja de ser reaccionario, pero a la inversa. No por ser inmigrante eres un criminal, pero no por ser inmigrante estás libre de serlo. Ni más ni menos que los nativos.

No obstante, es cierto que terroristas islamistas los encontraremos entre musulmanes (que además de musulmanes, tendrán alguna otra característica adicional, como el estar enfermos mentalmente), al igual que etarras los encontraremos entre nacionalistas desenfrenados, por lo que es obvio que las investigaciones, a menudo, conduzcan a territorios frecuentados por musulmanes (pakistaníes, indios, marroquís, afganos) antes que a los frecuentados por belgas católicos.

También es cierto que si a una chica blanca la viola un chico negro, sienta cierto recelo cada vez que vea uno, al igual que si a una chica japonesa la viola un italiano, tarde diós y ayuda en volver a confraternizar con un transalpino. Es natural, es probable que así suceda, y no pasa nada. Porque se trata del terreno de los sentimientos. Pero la política debe hacerse al margen de los sentimientos. Si no, gobernar se convertiría en una vendetta continua.

Veo con espanto cómo se está pervirtiendo el derecho moral a tener todo el mundo las mismas oportunidades, encauzándose hacia un deber a ser iguales. Y no, no somos todos iguales. La opinión de un juez sobre un caso legal no vale igual que la del estudiante de hostelería de 19 años. No. Está bien, es genial que todos tengamos la oportunidad de expresarnos, pero no todas las opiniones pesan lo mismo. ¿O es que ahora la formación no vale para nada? ¿Vale lo mismo la opinión sobre economía de un adicto a la Wii que no ha leído un diario en su vida que la de un broker de la Bolsa? En principio no. Podrá mentir, tergiversar, pero su conocimiento será mayor. Eso sí, tendrá que saber argumentar sus tesis, por supuesto.

Si seguimos con esta política del todos lo mismo, fácilmente podríamos presentarnos para un puesto de trabajo de arquitecto con el único bagaje curricular de tres veranos repartiendo pizzas. ¿Por qué estudiar, por qué tratar de diferenciarnos, de destacar, si somos todos iguales?

Tal vez estemos abusando del "Mi palabra vale tanto como la tuya", en lugar de conformarnos con un "te voy a argumentar por qué creo lo que te estoy diciendo". Pero claro, eso implica un gran esfuerzo. ¿Estamos dispuestos a hacerlo?